martes, 25 de diciembre de 2007

COMO ODEON ROBO LA NAVIDAD








Basado en el cuento para niños escrito (y si mal no recuerdo) e ilustrado por Dr. Seuss, la gente feliz de Felicilandia, se encuentra en vísperas de celebrar la navidad, adornando sus casas y todo el pueblo, sin saber que muy a lo lejos en la cima de una montaña se encuentra alguien llamado Odeón, quien repudia la navidad y todo lo que superficialmente se hace en navidad: dar regalos, cenar pavo, cantar billancicos, etc. pero Odeón tiene un malevolo plan y en compañía de su amigo el perro Max, intentará robarle a la gente de Felicilandia la navidad, con el único propósito de amargarselas y que el pueda ser feliz a costa de la felicidad de otros, ¿podrá Odeón cumplir su maquiavélico plan y no ver lo que realmente es la navidad?.






Hace tiempo (y no es un chiste)
vivió un ser de mirada triste.
Villa Quién fue el lugar
donde el Grinch escogió morar.

Los felices “quienes” ahí vivían
y el Grinch con ellos reñía.
No se reía, siempre enojado,
le gustaba estar amargado.

La Navidad, sin explicación
odiaba de corazón.

Un diciembre muy helado
se sintió el más malvado
y a la bella Nochebuena
quiso quitarle lo buena.

Esa linda noche mágica
decidió volverla trágica.
“Nadie la disfrutará
y el pueblo entero llorará
cuando vea mi travesura
que nadie espera sea tan dura.
Ash, cómo odio pensar
que mucho amor se van a dar
y todos juntos de las manos
se querrán como hermanos.

Mira, Santa barrigón,
me caes mal por cachetón
y estropear quiero tu plan
(ni creas que soy tu “fan”):
que nadie quiera a tus duendes
para ver si así aprendes
a no ser tan buena gente
y querer tanto a la gente”.

En eso al Grinch se le ocurrió
una muy mala idea y sonrió.
“La Navidad debo evitar,
que no se pongan a cantar,
que los niños no hagan ruido
y que caigan en olvido;
que no sean felices
y se llenen de lombrices.

Ja, los quienes quieren fiestas
y yo seré su aguafiestas”.
De Santa Claus se disfrazó
y a su perro convirtió
en un reno narizón.

Con gran prisa entró a un hogar
y su plan puso a actuar.
Con el rostro deformado
y el corazón más malvado
los dulces y los regalitos,
la comida, el arbolito
todo junto lo robó
y en su bolsa lo escondió:
bicicletas y paletas,
muñecas y patinetas,
el suave vino y el pavo...
lo robó y dijo “Bravo”.

En eso lo sorprendió
una niñita que vio
lo que hacía el malvado ladrón
y con ternura dijo al bribón:
“Santa, no te lleves todo.
Quiero jugar y así no hay modo.

Por fa, querido Santita,
te prometo ser buenita,
pero no tomes mi bota
ni mucho menos mi pelota”.
El Grinch inventó una razón
y la niña de buen corazón
le creyó a quien vio disfrazado
de Santa, el viejito adorado.

“Mira chiquita”, el malo mintió,
“de tu árbol la luz se fundió.
Me lo llevo a arreglarlo
y vendré a regresarlo”.

La niña contenta quedó
y el muy cruel a otra casa partió.
De esa también se robó
lo que en ella bonito encontró:
en toda la villa de “quienes”
hurtó los regalos y bienes
que a todos harían felices
y al faltarles, infelices.

Luego corrió a su casa sombría
a esperar que llegara el día.
“Navidad hoy por fin no tendrán
y reiré de cómo llorarán”.

Pero en eso un sonido oyó
que de veras su mente turbó.
Eran risas y cantos de gozo...
¡celebraban con gran alborozo!

El Grinch entendía muy poco
o todos estaban muy locos
o sin comer y sin regalar
podían igual festejar.
Así, Navidad no estaba en las tiendas
ni en las manos de Santa las riendas
de hacer que la gente del mundo
se diera cariño profundo.

El Grinch así lo entendió
y ser bueno por fin decidió;
regresó los juguetes con prisa
y en mil caras brotó una sonrisa.
Lo mejor es que con esa lección
al Grinch se le curó el corazón
y se puso a reír y a bailar
y aprendió desde entonces a amar.


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